ORKOS LEGEND

-EL ORIGEN-

CAPÍTULO I

LA PIEDRA ORKOS

Antes del primer invierno, los grandes dioses combatieron entre los cielos. El fuego de Muspelheim chocó contra el hielo de Niflheim, y de ese encuentro nació una piedra viva: capaz de pesar no el metal, sino el alma de quien la tocara por la pureza de poder que tenía. Los dioses la llamaron Orkos, “el Peso de los Mundos”. Era su promesa de equilibrio, su testamento divino. Pero con el paso de los siglos, los dioses callaron, y la piedra ya materializada cayó a la tierra como una lágrima ardiente de fuego. Siglos después, un herrero exiliado llamado Krust la halló entre las ruinas del norte. Su brillo lo hipnotizó. La llevó a su taller sin saber que la piedra respiraba poder. Ni pensaría Krust que su destino quedaría atado al fuego y al hierro por toda la eternidad.
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CAPÍTULO II

EYRA, LA PESA JUSTICIERA

Krust al llegar con la piedra a su taller de fundición encendió su fragua movido por la memoria, no por gloria, ni por guerra, sino por amor. Nunca conoció a su madre; solo a la osa que lo había salvado del frío cuando era un niño. En su honor, decidió dar forma al primer fragmento de la piedra divina. > “Para la Madre que no conocí, para la Osa que me dio calor, y para el amor que pesa más que el hierro: que esta obra juzgue con pureza, no con furia.” Así nació Eyra, una pesa de rostro sereno, mirada profunda y energía pura, símbolo de equilibrio entre fuerza y compasión. Pero la guerra no conoce el descanso. Un ejército del rey del Este saqueó su taller y robó la pesa sin comprender su poder. Krust la creyó perdida para siempre. No sabía que aquella obra volvería siglos después, en manos de una guerrera nacida de la tormenta. Pero aquella es otra historia.
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Capitulo III

EL SUEÑO DEL HERRERO

Pasaron los años, y la fama de Krust viajó con el viento del norte. Un nuevo monarca, el rey que había matado a Ragnar, lo mandó llamar a su castillo de piedra. Quería una pesa de equilibrio perfecta, una que equilibrara su oro y su gloria. Ordenó a Krust usar la misma piedra que había forjado Eyra y que realice una con forma de su último guerrero vencido Ragnar. El herrero no podía negarse. Esa misma noche, mientras el fuego dormía, Odín se le apareció en sueños. Sus ojos ardían como carbones divinos, y su voz resonó entre truenos y cuervos. > “Krust, hijo del hielo y del fuego, el alma de Ragnar no descansa. Donde su sangre toca la nieve, el peso de los mundos aguarda. Funde la piedra con esa sangre del pozo, y forjarás una obra que juzgue a los hombres por su alma, debes hacerlo por la salvación de la humanidad” Krust despertó sudando, con el eco del trueno aún en sus oídos. Sabía que debía obedecer.
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Capítulo IV

LA PESA RAGNAR

Guiado por la visión de Odín, Krust viajó hasta el campo donde se encontraba el pozo en donde el rey Ragnar había caído. Bajo la nieve encontró manchas oscuras: la sangre del guerrero aún teñía las piedras. La mezcló con fragmentos de la piedra divina, y esa noche, el fuego rugió distinto. El aire se volvió pesado, como si el mismo Valhalla contuviera el aliento. Cuando el metal tomó forma, apareció un rostro entre las llamas: el del propio Ragnar, el rey caído. > “Si mi fuerza ha de volver, que no sirva a los cobardes, sino al justo que soporte mi peso.” Así nació la Pesa Ragnar, una reliquia viva que ardía con fuego interno. Pesaba el alma de quien la alzara, dándole poder si su corazón era noble, y destruyéndolo si estaba manchado por la codicia. Cuando el nuevo rey intentó usarla para pesar su oro, la balanza se quebró. El oro se ennegreció como carbón. Y de la pesa emergió una espada incandescente que atravesó al rey en su trono. El templo se llenó de gritos. Las paredes lloraron fuego. Y Krust, horrorizado, huyó con la pesa, sin saber que había desatado la maldición divina de Orkos.
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capítulo V

EL PORTADOR DEL PESO

En su huida, Krust se escondió entre túneles antiguos, y la pesa, como si lo guiara, lo llevó hasta una celda olvidada. Allí yacía Skarn, un guerrero condenado por asesinar al ejército del rey. La pesa brilló, vibró… y el hierro se partió en mil pedazos. Las cadenas se fundieron, y Skarn quedó libre por primera vez. Cuando la alzó, la piedra ardió con runas rojas: Y algo caliente marco una runa en su cuello. Krust entendió entonces que el destino había elegido a su portador. Skarn no levantaba solo hierro… levantaba su propia condena. En ese momento lograron escapar libres y partieron hacia el sur.
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Capítulo VI

EL CÓDIGO ORKOS

Durante su exilio, Krust enseñó a Skarn el principio que había aprendido del fuego: > “Toda fuerza sin equilibrio termina quebrando al que la usa.” Cada vez que Skarn alzaba la pesa con odio, las runas lo quemaban. Pero cuando lo hacía con calma, el fuego lo curaba. Así nació el Código Orkos: > “La fuerza no está en dominar, sino en resistir.” Y con ese código comenzó una nueva era, donde la fuerza era sagrada solo si servía al equilibrio.
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Capítulo VII

EL MARTILLO DE KRUST

Días después, atormentado por lo que había creado, Krust volvió a su taller y buscó redención en el fuego. Soñó con dos presencias: la Madre Osa, espíritu guardiana del norte, y el Padre Celestial, el Dios en quien aún creía. Ambos le hablaron en un mismo suspiro: > “Une la fuerza y la fe. Forja una última obra que pese los mundos, no para destruir, sino para proteger.” Krust mezcló fragmentos de la piedra divina con plata bendita, y rezó mientras golpeaba el metal. > “Por la Madre Osa que protege, por el Padre que perdona, por el Hijo que salva, que este peso sea guía, no condena.” Así nació Vilkír, el Martillo de los Mundos, la unión entre fuerza y fe. Una noche, alguien golpea la puerta del taller y se escuchan murmullos. Krust abre y se encuentra con la princesa Elizabeth, esposa del rey Trom, un rey con un historial glorioso de victorias. Ella le dice que esa pesa mató a su marido y quiere saber quién la forjó. Krust la hace entrar y promete contarle todo mientras cenan.
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Capítulo VIII

LA PROFECÍA DEL PESO

Esa misma noche, los cielos se abrieron. Truenos cayeron sobre el norte, y una voz habló entre la tormenta: > “Cuando los hombres olviden su alma y el hierro pese más que el espíritu, una ola de oscuridad cubrirá los nueve mundos.” Los glaciares se rompieron. Del hielo surgieron gigantes antiguos, y con ellos, ejércitos de espectros y bestias olvidadas. Era la Ola Oscura, el castigo de los dioses por el desequilibrio.
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Capítulo VIII

LA GUERRA DEL NORTE

Skarn, marcado por la runa, empuñó la Pesa Ragnar. Elizabeth blandió a Eyra, y Krust sostuvo Vilkír. Juntos formaron la Tríada Orkos. Las tres reliquias brillaron al unísono, iluminando el campo de batalla. Las montañas rugieron, los mares sangraron hielo. Gigantes de escarcha, espíritus vengativos y criaturas nacidas del pecado humano avanzaban sin tregua. Skarn lideró la resistencia, Elizabeth juzgaba vivos y muertos, y Vilkír, el martillo sagrado, pesaba el valor del corazón antes de golpear. Juntos equilibraban el mundo… pero la batalla estaba lejos de terminar. El hierro chocó, el fuego danzó, y el mundo tembló bajo el peso de Orkos. La victoria aún era incierta. Pero una cosa quedaba clara: cada levantamiento, cada golpe, cada decisión, llevaba consigo un mensaje eterno. Tu fuerza… tu legado. Y así, la leyenda de Orkos apenas comenzaba.
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